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A través de los milenios en que el hombre ha practicado como tradición las ceremonias de ayahuasca, habiéndose estudiado los posibles factores involucrados en esta terapia grupal, se han establecido bases prácticas y estratégicas para su mejor desenvolvimiento. La mesa de labor alrededor de la cual organizamos el desarrollo energético del ritual, se llama altar.

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El altar es la piedra angular sostenedora del templo que formamos todos los asistentes. En el altar se coloca la luz de la ceremonia, la medicina ayahuasca, así también el resto de medicinas, tótem, cristales, perfumes, agua, y otros elementos que se consideran sagrados y que sirven para elevar los rezos y para conectar con la energía de los que estamos participando.

El elemento principal es el fuego sagrado, mantenido generalmente por un velón blanco -color que representa a todos los colores. A través de su luz, que representa también la luz de Dios, se crea un portal entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino.

La llama del velón es entendida como un guardián celestial que nos observa, nos asiste, y se comunica indicando cómo se está moviendo la energía de la ceremonia, para que según esto se vayan dirigiendo los rezos, cantos, armonizaciones y curaciones.

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Para que este vínculo sea efectivo y su egrégor espiritual se mantenga en armonía, el sitio es custodiado por un centinela que puede ser el mismo guía o uno de sus estudiantes. Honrándole como el centro desde donde se estabiliza la forma energética de la ceremonia, no se le descuida, sino que se le vigila con atención, observando, sintiendo, rezando, con la percepción bien despierta. La magia ocurre cuando el centinela alcanza un estado de presencia tal, que es capaz de conectarse con los procesos de cada participante y escuchar los latidos de sus corazones.

En el altar también se colocan ofrendas o cosas que quieran ser energizados, pues el altar contiene los rezos colectivos. Suelen traerse fotos de familiares, amuletos u objetos de poder, que se magnetizan con la elevación de consciencia de los asistentes.

El acceso y manejo del altar suele estar asignado exclusivamente al guía y sus ayudantes, pues ellos están entrenados para custodiar y regir las fuerzas que a través de él se mueven. Cuando, en humildad, respetamos los roles representados durante la ceremonia, permitimos que sean ellos quienes se encarguen de cualquier objeto que queramos ofrendar, nos acercamos al altar venerando la luz que nos refleja, sin tocar nada, conectando con el latido del corazón y abriéndonos a lo que la sagrada madre Ayahuasca quiera ofrecer y revelar.velonla-perseverancia-no-asegura-el-triunfo

El altar representa la fuerza y la voluntad colectiva para poder mirarnos en las profundidades del ser. Refleja nuestra capacidad de afrontar la oscuridad del alma, y encontrar la luz divina que guardamos. También contiene el equivalente de todos los elementos que los seres humanos poseemos para hacer este viaje, y todas las herramientas que están a nuestro favor, incluyendo los rezos de los demás. Es la lámpara con que alumbramos nuestro camino, en el viaje más tenaz de todos -el viaje al centro de nuestro ser, el descubrimiento de quiénes somos.

Le llamamos altar, porque desde lo alto llegan nuestras visiones de curación. Le llamamos sagrado, porque le damos la capacidad de integrarnos. Regresamos al mundo espiritual y nos atrevemos a mirarnos más adentro, más profundo, más clarito. Es sagrado porque dignifica nuestro ser y reconoce nuestra esencia, nuestra unidad con Dios, con la Diosa, con los Ancestros, con la naturaleza, con los sentidos, con la vida en vibración. Nos enseña el camino, a honrar la vida y nos alumbra hasta el final.luz

 

Autores: Sergio Velásquez y Mercedes Andino